Se esperaría que el hogar fuera el lugar más seguro para cualquier persona; sin embargo estudios recientes han revelado que en el ámbito familiar o doméstico, la violencia es la principal causa de reducción en la calidad de vida, daño y muerte para la mujer y tiene serios efectos secundarios para la familia, la comunidad y la economía (American Psychological Association, 1999; Hughes & Jones, 2000; Resnick et al., 2000).[1]

Una de las causas de que esto sea así es que la violencia familiar se encuentra invisibilizaba, por el carácter privado e idealizado que se tiene de ésta. Los primero estudios formales sobre la violencia en la familia datan apenas de 1985, cuando la ONU en su Asamblea General, abordó por primera vez el tema (Velázquez, S., 2004). Es por ello que la familia se convirtió en un escenario de gran impunidad; ya que era y es tradición creer que “La ropa sucia, se lava en casa”, por lo que lo sucedió dentro de las cuatro paredes del hogar, suele ser ocultado, censurado, callado, omitido, de modo que en el “hogar, dulce, hogar” pueden ocurrir las peores atrocidades.

Además, la violencia que se genera en este ámbito emerge como resultado de un modo histórico de relaciones asimétricas de poder, en el que las víctimas –mujeres, niñas y niños principalmente- no son tratadas como sujetos de derechos; sino como personas inferiores, débiles, subordinadas, vulnerables; mientras que a los hombres adultos –padres, maridos, novios- se les atribuye socialmente el derecho y el deber de ejercer la violencia.[2]

Por otro lado, las investigaciones que se ha hecho en este ámbito, entre otras cosas, arrojaron que la violencia familiar, afecta a todos los integrantes subordinados: las mujeres, las niñas, los niños, las ancianas y los ancianos (Velázquez, S., 2004), incluso afecta a aquellos y aquellas que sin parentesco comparten el hogar. Son víctimas, bien por que sufren agresiones directas o por el sólo hecho de ser testigos de la violencia ejercida contra las mujeres quienes suelen ser sus principales cuidadoras; por lo tanto, es el miedo y la anulación que sufren tanto mujeres como niñas y niños –así como otros miembros de la familia-, lo que los iguala en su condición de víctimas.[3]

En el caso de las niñas y niños, se descubrió, alarmantemente, que el 80% de éstas y éstos son víctimas de violencia sexual por parte de algún pariente y en la mitad de esos casos, el abuso o violación es perpetrada por el padre biológico o el padrastro (Velázquez, S.; 2004).

Por lo tanto, cuando se plantean las instituciones, atender el problema de la violencia familiar, es indispensable contemplar, atender y proteger tanto a mujeres como a sus hijas e hijos –así como a otros familiares afectados-.[4]

Por qué permanece una mujer en una relación de violencia intrafamiliar

Es frecuente que tanto las y los servidores públicos, así como las redes de apoyo de las mujeres víctimas de violencia, se desconcierten o suelan revictimizarlas y culparlas, juzgándolas o negándoles la ayuda, ante la tendencia de éstas a permanecer o regresar con sus agresores. En este sentido, la teoría del “ciclo de la violencia”, formulada por la psicóloga Leonor Walker en su libro de 1979 The Battered Women (Las mujeres maltratadas), es muy útil para entender tal fenómeno.

El “ciclo de la violencia” comprende 3 fases:

Fase 1. Acumulación de tensión.

La tensión es el resultado del aumento de conflictos en la pareja. El maltratador es hostil, aunque aún no lo demuestra con violencia física, y la víctima trata de calmar la situación y evita hacer aquello que cree que disgusta a su pareja, pensando que puede evitar la futura agresión. Esta fase se puede dilatar durante varios años.

Fase 2. Explosión violenta.

Es el resultado de la tensión acumulada en la fase 1. En esta segunda etapa se pierde por completo toda forma de comunicación y entendimiento y el maltratador ejerce la violencia en su sentido amplio, a través de agresiones verbales, psicológicas, físicas y/o sexuales. Es en esta fase cuando se suelen denunciar las agresiones o se solicita ayuda, ya que se produce en la víctima lo que se conoce como “crisis emergente”.

Fase 3. Arrepentimiento

Durante esta etapa la tensión y la violencia desaparecen y el hombre se muestra arrepentido por lo que ha hecho, colmando a la víctima de promesas de cambio. Esta fase se ha venido a llamar también de “luna de miel”, porque el hombre se muestra amable y cariñoso, emulando la idea de la vuelta al comienzo de la relación de afectividad. A menudo la víctima concede al agresor otra oportunidad, creyendo firmemente en sus promesas. Esta fase hace más difícil que la mujer trate de poner fin a su situación ya que, incluso sabiendo que las agresiones pueden repetirse, en este momento ve la mejor cara de su agresor, lo que alimenta su esperanza de que ella lo puede cambiar.

Sin embargo, esta etapa de arrepentimiento dará paso a una nueva fase de tensión. El ciclo se repetirá varias veces y, poco a poco, la última fase se irá haciendo más corta y las agresiones cada vez más violentas. Tras varias repeticiones del ciclo, la fase 3 llegará a desaparecer, comenzando la fase de tensión inmediatamente después de la de explosión violenta.[5]

Es preciso comprender que la tendencia a “perdonar” las agresiones, se hace en nombre del “amor”, ya que vivimos en una cultura que tiene al “amor” fuertemente emparentado con el sufrimiento, de modo que se juzga “normal” que haya sufrimiento en la relación amorosa como si éste la hiciera más virtuosa (Kreimer, R., 2005). En este mismo sentido recordemos que ninguna relación de pareja, formada voluntariamente, inició como una relación de violencia, sino como una relación de “amor”. La mujer cuando decide formalizar, desconoce que será violentada; ya que en un inicio sólo hay buenos tratos, promesas, regalos; de modo que toma la decisión desde “el amor” que le fue manifestado por su pareja en un inicio; por tanto, las mujeres víctimas de violencia no eligieron, ni permitieron la violencia; el único culpable es quien decide ejercerla, por lo que ellas, no son culpables, aunque sí son las responsables de salir de esa situación.

Además, al ciclo de la violencia, se suman muchos otros mecanismos de poder y control –aislamiento, falta de recursos económicos, falta de redes de apoyo, varios hijos e hijas, amenazas de quitárselos, etc.- que complican la posibilidad de las mujeres de salir de esta situación.

Este tipo de violencia es muy desconcertante para la víctima ya que se produce en el lugar que debería ser el más seguro, su hogar, y por la persona que debería ser la que mayor seguridad y apoyo aportara a la víctima, su pareja o su padre. Por ello quienes la padecen suelen experimentar consecuencias a todos los niveles –emocional, físico, cognitivo- y en todos los ámbitos –familiar, laboral, escolar, social- que colocan a la víctima en una posición de gran desventaja a la hora de decidir salir de esa situación, ya que todo en ella está alterado por la violencia sufrida.

Es pertinente aclarar, finalmente, que la violencia no es una enfermedad, no es una consecuencia por beber alcohol o usar otras drogas, ni una consecuencia lógica por haberla experimentado en la historia de vida; aunque sin duda éstos son factores de riesgo que la posibilitan, en realidad, la violencia es una decisión; de otro modo se esperaría  que toda las personas que están enferma; toda la gente que consume alcohol u otro tipo de drogas y todas las personas que han sufrido violencia en la infancia, la ejercieran sin excepción, pero sabemos que esto no es así porque la violencia es aprendida y es una decisión. Por lo tanto, es perfectamente posible para los hombres aprender una manera distinta de relacionarse con las mujeres y decidir no ejercerla.

Teniendo claridad sobre todos estos factores, resulta posible, para quienes atienden o apoyan a mujeres que han sido víctimas de violencia, ponerse a su disposición para ayudarlas cuando lo necesiten o cuando ellas decidan salir de esa situación, sin juzgarlas, ni culparlas ni decidiendo por ellas. Como dato adicional, de acuerdo con estudios longitudinales sobre el tema, las mujeres tardan en promedio 10 años en salir de una situación de violencia familiar o doméstica.[6]

Referencias bibliográficas

Kreimer, Roxana (2005). Falacias del amor ¿Por qué anudamos amor y sufrimiento?. Buenos Aires: Paidós. 1ra. Ed.

Velázquez, Susana (2004). Violencias cotidianas, violencia de género: escuchar, comprender y ayudar. Buenos Aires: Paidós. 1ra. reimpresión. 1er. Cap.

[1] Rincón, P.P. (2003) Trastorno de estrés postraumático en mujeres víctimas de violencia doméstica: evaluación de programas de intervención (07/03/2012) Disponible en: http://www.ucm.es/BUCM/tesis/psi/ucmt26887.pdf

[2] UNICEF Argentina (2009). Abordajes frente a la violencia familiar desde una perspectiva de género y de la infancia (23/08/2017) Disponible en: https://www.unicef.org/argentina/spanish/abordajes.pdf

[3] Save the Children (2007). Manual de atención a niños y niñas víctimas de violencia de género en el ámbito familiar. Disponible en:

http://www.infanciaviolenciagenero.org/Documentos/1/4_.pdf

[4] Idem

[5] Corre la voz (2009). El ciclo de la violencia (07/03/2012) Disponible en: http://blog.educastur.es/correlavoz/violenciadegenero/elciclodelaviolencia/

[6] Labrador, F.J.; Fernández, V. M. del R.; Rincón, P.P. (2006). Eficacia de un programa de intervención individual y breve para el trastorno por estrés postraumático en mujeres víctimas de violencia doméstica (07/03/2012) Disponible en: http://www.aepc.es/ijchp/articulos_pdf/ijchp190.pdf

Azalea Marrufo Díaz

Azalea Marrufo Díaz

Psicóloga con Maestría en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos

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