En la actualidad la depresión y sus síntomas  son de dominio popular; sin embargo, es un tema que se puede manejar con cierta ligereza y romanticismo, sobre todo cuando existen manifestaciones de la misma que son en extremo incapacitantes y muy difíciles de manejar en la vida cotidiana.

Una posible forma de ubicar el origen de la depresión desde la psicología, es a través de la pérdida real o subjetiva de un objeto de amor. Un objeto de amor puede ser cualquier cosa, persona o situación con la que estamos ligados afectivamente. En las pérdidas reales,  existen eventos concretos como la pérdida de un trabajo, de amigos,  de una relación de pareja o el cambio de residencia, que provocan dolor y a los que las personas se resisten, deseando fuertemente  que esas cosas en su vida no cambien y todo vuelva a ser como eran antes. En este caso las personas saben que estos eventos dieron origen a su estado de ánimo depresivo. Por otro lado, también hay vivencias de depresión donde no se identifica algún evento en especial que justifique la depresión, por lo que es frecuente encontrar factores “subjetivos” como estilos de pensamiento o de personalidad que en muchos casos están fundados en experiencias que ya fueron olvidadas o que sucedieron primordialmente en la infancia. En este caso la razón de la depresión no es clara aunque los síntomas no son diferentes a cuando se sabe de dónde surge.

Al saber que la depresión representa la pérdida de un objeto de amor, entendemos que es un problema en origen vincular. La pérdida o el sentimiento de vacío que se puede experimentar hace que las personas depresivas encuentren formas sustitutas para compensarla. En algunos casos pueden ser actividades como  beber, comer o dormir en exceso, también pueden depender de la compañía de padres, pareja, hijos o amigos.  Las personas deprimidas sienten que calman simbólicamente su dolor al apegarse a estos substitutos, por lo que son personas que parece que no quieren salir de su “zona de confort” y pueden parecer lentas, en algunos casos no tienen energía para hacer actividades cotidianas y en los casos más extremos, pueden descuidar la limpieza de su entorno y su cuidado físico, pasando días usando la misma ropa o  sin bañarse.

Para aquellos que conviven con personas depresivas es difícil comprender como han perdido el deseo de vivir lo cual inconscientemente los lleva a rechazarlos y a sentir que deben increparles  a que “le echen ganas”, que “todo está en la mente” y que “ellos tienen que salir solos de esto”. Esto sin contar que es frecuente descalificar la ayuda que podrían obtener de un psicoterapeuta o un psiquiatra. Esto representa un rechazo o negación constante a la enfermedad que se encubre por medio de la “voluntad” de salir a delante por sí mismo.

Un elemento importante en la interacción con éstas personas y que normalmente no se habla es que la depresión además de ser estar impregnada de tristeza y dependencia también manifiesta mucha agresión. Normalmente las personas deprimidas utilizan chantajes, por lo que agreden a los que los rodean ejerciendo control sobre ellos y haciéndolos receptores de reclamos que en un principio no tienen que ver del todo con ellos, sino con aquella frustración que sienten por haber perdido aquello a lo que amaban.

Es por esta razón que la convivencia con ellos puede ser difícil, sobre todo porque ante cualquier intensión de ayudarle se puede obtener una negativa o una mala contestación cuando, por otro lado, parecía que todo el tiempo parecieran pedir ayuda y compañía.

 

David Jurado

David Jurado

Doctor en Psicología

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