La discapacidad ha representado un paradigma en la sociedad respecto a la forma de relacionarnos como seres humanos, miembros de una comunidad. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, discapacidad es un término general que abarca las deficiencias, las limitaciones de la actividad y las restricciones de la participación. Las deficiencias afectan a una estructura o función corporal; las limitaciones de la actividad son dificultades para ejecutar acciones o tareas, y las restricciones de la participación son problemas para participar en situaciones vitales.

Por consiguiente, la discapacidad es un fenómeno multidimensional que refleja una interacción entre las características orgánicas-corporales de la persona y las características de la sociedad en la que vive. Si bien, la discapacidad representa una limitación orgánica, no debería representar ninguna diferencia en el trato y convivencia con el otro.

La conceptualización de la discapacidad ha atravesado, a través de la historia, por diferentes modelos de intervención, desde el modelo de prescindencia, modelo médico – rehabilitador, al modelo social, imperante en nuestros días.

El modelo de prescindencia se aborda desde la eugenesia o la marginación, en el que, en el primero, en su momento, los niños o niñas con alguna deformación no merecían vivir, pues se les culpaba de ser alguna maldición o castigo divino, por lo que la opción era desaparecerlos y, si en su caso sobrevivían, eran tratados de forma cruel y despiadada al convertirlos en la representación de algún demonio y/o penitencia por los pecados cometidos. En el caso del segundo, marginación, se tiene la idea de que las personas con discapacidad no tienen nada que ofrecer a la sociedad, por lo que son seres no productivos e innecesarios para la sociedad.

Posteriormente, en un intento por reivindicar el status de las personas con alguna discapacidad, se hace énfasis en el tratamiento de la discapacidad, dentro del modelo médico, orientado a conseguir la cura, o una mejor adaptación de la persona, o un cambio en su conducta, situando el problema de la discapacidad dentro del individuo, considerándose que las causas de dicho problema son el resultado exclusivo de las limitaciones funcionales o pérdidas psicológicas, que son asumidas como originadas por la deficiencia; por lo que este modelo posiciona a la discapacidad dentro del asistencialismo y la “necesidad” de una cura, ya que la persona es “minusválida”.

El modelo social interviene en la atención de la discapacidad, con énfasis en el reconocimiento de la diversidad y la eliminación de barreras en la sociedad, que ha de ser concebida y diseñada para hacer frente a las necesidades de todas las personas, gestionando las diferencias y reconociéndonos como seres diversos. En efecto, este modelo de Derechos Humanos se centra en la dignidad del ser humano y después, pero sólo en caso necesario, en las características médicas de la persona. Sitúa al individuo en el centro de todas las decisiones que le afectan y, lo que es aún más importante, sitúa el problema principal fuera de la persona, en la sociedad. En este modelo, la problemática que enfrenta la discapacidad se deriva de la falta de sensibilidad del gobierno y de la sociedad hacia la diferencia que representa esa discapacidad.

En esta lucha por el reconocimiento de las personas con discapacidad, se crea la Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad, en 2008, en la que se enuncia la obligación de promover, proteger y garantizar el pleno disfrute de los derechos humanos de las personas con discapacidad y que gocen de plena igualdad ante la ley. Una Convención que surgió desde los mismos sujetos, con el lema “Nada de nosotros, sin nosotros”, debatiendo la postura asistencialista de las instituciones, en la que se opinaba por las “necesidades” de las personas con discapacidad sin tomarlas en cuenta como personas sujetas de derecho.
La población actora y defensora del modelo social abogan por la inclusión de la diversidad, como una parte más de la realidad humana. Desde el modelo médico – rehabilitador, las personas con discapacidad recibían un trato paternalista, quizás resultante de una amalgama entre la piedad, el menosprecio y la tolerancia, que asimismo aspiraba a la recuperación de la persona con discapacidad, o al menos a su mayor disimulo.

En la actualidad, se habla de las personas con discapacidad, como sujetos de derecho, con la necesidad imperiosa de nombrarse como un grupo focal que se encuentra en situación de discriminación y al que “debemos” incluir. Sin embargo, dentro de este discurso se muestra el nulo reconocimiento del otro como igual.

En este sentido, se debe luchar por crear las condiciones que ofrezcan igualdad a las personas con discapacidad, como sujetos poseedores de derecho, por el simple hecho de ser humanos. Quitar esos estigmas de representaciones de males en el mundo, e incluso de los ángeles enviados por dios, en el que, en ambos casos, se estigmatiza la discapacidad y no se busca contar con las condiciones necesarias para la inclusión social.

La diferencia no debe ser “tolerada”, tenemos la idea al respecto de ser “tolerantes” o “pacientes” con el otro, o que debe existir “compasión”, que es diferente. El cuestionamiento aquí, sería ¿Quiénes somos para tolerar al otro? ¿Por qué participamos de la idea de que la tolerancia es un permiso que otorgamos al otro para convivir con nosotros?. La diferencia corporal, funcional, debe ser valorada y reconocida como parte de la diversidad humana.

La sociedad y por ende, los gobiernos e instituciones tienen la responsabilidad y obligación de hacer frente a los obstáculos creados socialmente, y así, lograr el pleno respeto a la dignidad e igualdad de derechos de todas las personas.

Belem Ríos Guerra

Belem Ríos Guerra

Psicologa social- INCLUYE SOLUCIONES

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