Una de las quejas que se escuchan con mayor frecuencia en el consultorio es: “mi pareja parece no estar interesada en cómo me siento”.

Existen muchos motivos por los que puede generarse esta falta de interes, sin embargo lo que he observado con frecuencia en el trabajo clínico es esta dinámica particular:

Uno de los integrantes muestra un exceso de interes hacia el otro, donde pareciera que todas las expectativas están depositadas en él o ella, configurándose entonces una relación de aparente “dependencia”, en la que se demanda del otro el mismo afecto que se entrega. La pareja, por su parte, cae en un exceso de desinterés o falta de empatía, que podría ser interpretado como una persona a la que “no le importa lo que le pasa a su pareja”; sin embargo, esta actitud distante y apatica, lo que en el fondo encubre es una dificultad para afrontar los miedos personales. Éstos se disfrazan con una postura racional y muchas veces fría en la que pareciera asumir con mayor “madurez” la relación desde una postura de educador experto. Los miedos y dependencia de la pareja son rechazados rotundamente de la misma forma que el otro rechaza y teme a sus propios miedos.

Como educador experto, la pareja enfrentará a su contraparte con sus inseguridades esperando que esta exposición le lleve a superarlas y a ser como ella o él es, es decir “expertos en el manejo del miedo”. Esta actitud, desafortunadamente, no traerá ninguna solución más allá del incremento de la inseguridad en el otro al sentir que no tiene ningún punto de apoyo para enfrentar sus inseguridades; esto provoca enojo con la pareja y un deseo de explicar por todos los medios lo importante que es que se le preste atención y que aquello está sintiendo no es una exageración, sino una demandada de ayuda genuina ante un sentimiento de incertidumbre que sofoca.

Sería importante interrogar porque lo hace desde la posición de educador? Sera tal vez un rasgo narcisista en el que se pretende imponer lo propio, desconociendo lo diferente que tiene la pareja?

Esta dinámica de pareja muestra dos caras de la misma moneda: ambos miembros de la pareja temen a la desprotección o al desamparo. Éste desamparo se puede rastrear a experiencias de agresividad o negligencia que ambos vivieron cuando eran pequeños, por lo que en la edad adulta enfrentar situaciones de crisis genera mucha inseguridad. En las parejas con esta configuración uno intenta encontrar esta fuente de apoyo en el otro; sin embargo, el otro se niega a vivir lleno de inseguridad y prefiere racionalizar la situación haciéndose práctico e insensible con la crisis y con su pareja.

Cuando esta situación es crónica ambos miembros de la relación comienzan a sentir un fuerte cansancio, ya sea frente a la necesidad de apoyo de uno o ante la frialdad del otro. Esto provoca un distanciamiento importante y les dificulta encontrar un espacio común en el que ambos se sientan identificados. La relación por lo tanto, se encuentra altamente desgastada.

Aunque pareciera que estas relaciones deberían terminar y que, en algunos casos, ambas partes podrían confesar en voz alta que desean que termine, normalmente no llegan a hacerlo. Esto se debe a que en el fondo existe una simpatía mutua (entendida como cariño o amor) que crea un vínculo entre los dos. Inconscientemente los dos se reconocen mutuamente como seres afectados por el mismo sentimiento de desprotección. Desprotección que uno expresa todo el tiempo y que el otro busca negar con todas sus fuerzas. A nivel inconsciente, la vulnerabilidad que ven uno en el otro los mantiene juntos. Esto se traduce en un esfuerzo constante por parte de ambos para siempre dar una segunda oportunidad y justificar cariñosamente los errores de la pareja.

Para modificar este problema de comunicación normalmente se requiere que los miembros de la pareja, ya sea de forma individual o en conjunto, puedan superar el protagonismo que la desprotección tiene en su vida. Desafortunadamente, el enojo y el cansancio de vivir bajo este conflicto hace difícil que se adopte una postura más comprensiva frente a la pareja y se establezca un vínculo de identificación mutua enfocada en el apoyo.

En consecuencia, el síntoma que emerge más comúnmente de esta dificultad para empatizar, es el de responsabilizar a la pareja del problema y exigirle que cambie, sin pensar que el cambio de efectuarse en el interior de la persona primero. En este caso, un miembro de la pareja dirá “todo estaría bien si me pones atención” y el otro contestará, “si te calmaras todo estaría bien”. Esta barrera de enojo y reproche mutuo es el primer obstáculo para poder corregir este problema, pues paradójicamente, los miembros de la pareja deben ver dentro de sí mismos para poder reencontrar las fuentes de la desprotección a la que tanto temen, y no responsabilizarla en la pareja. Al reconocer quién son ellos podrán verse en el otro y por lo tanto desarrollar una empatía genuina, dado que en un primer momento, si los elegimos como pareja, es porque nos vimos a nosotros mismos en ellos.

David Jurado

David Jurado

Doctor en Psicología

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