El temblor del pasado 19 de septiembre en México se vivió como una fuerte sacudida, no solo literal por el movimiento de la tierra, sino también de manera emocional, ya que este movimiento tuvo como consecuencia muchas pérdidas, con este temblor cada uno de nosotros perdimos algo: un ser querido, un hogar, el trabajo, la tranquilidad, la esperanza, entre otras.

Durante el temblor la mayoría de las personas sentimos miedo y esto es natural, ya que el movimiento de la tierra se vive como una agresión, pues llega de manera inesperada, derrumba edificios, nos arrebata seres queridos, nos deja vulnerables, sintiéndonos inseguros y nos desorganiza física y emocionalmente, quedamos con la zozobra de no saber si habrá alguna replica y con qué intensidad llegará, sentir miedo en momentos como estos, es una herramienta que nos permite de manera instintiva cuidarnos, ponernos a salvo y hacer lo que sea necesario por sobrevivir, pero al darnos cuenta de que no todos corrieron con la misma suerte esto nos deja expuestos al dolor de quienes perdieron seres queridos y/o sus hogares y este dolor se vuelve un dolor enorme para todos como sociedad, todos nos sentimos tristes y todos guardamos luto unos días intentando reponernos a este dolor, pero pareciera que cada quien vivió su propio duelo a solas y que poco se habló sobre lo que cada uno de nosotros sentimos. Si se habló de cómo vivimos el temblor y seguramente todos escuchamos muchos relatos de donde pasaron el temblor, con quien estaban, que fue lo que vieron, de los derrumbes de los edificios, de lo que se hizo para ayudar a rescatar a las personas que lo necesitaban, pero poco se habló sobre lo que se sintió y entonces el duelo se vive en silencio y el dolor se va callando.

Así todos después de este temblor quedamos en silencio, derrumbados, hechos pedacitos frente al dolor por el desorden en nuestra ciudad, pero también en nuestros corazones, ya que nuestros sentimientos se desorganizaron y muchos de nosotros sentimos miedo, confusión, tristeza o preocupación en menor o mayor medida, en pocas palabras, sentimos nuestro corazón apachurrado y es difícil contactar con este desorden emocional y hacer frente a él, sobre todo cuando estamos ocupados intentando ayudar a quienes resultaron más afectados y así minimizamos lo que nosotros pudiéramos haber perdido o bien sentido y entonces es muy fácil callarlo, hacer como que no existe y seguir adelante esperando en silencio que algún día pase, pero la realidad es que conforme pasa el tiempo la necesidad de hablarlo se vuelve urgente, pues las crisis van apareciendo y los afectos que se han callado comienzan a manifestarse y entonces algunas personas sienten mucho temor, tristeza e inseguridad y se dan cuenta de que esto que están sintiendo comienza a impedirles estar tranquilos, ya que no logran conciliar el sueño, les da miedo salir a la calle o hacer su rutina diaria, no tienen apetito, tienen pesadillas o bien recuerdan constantemente lo ocurrido y esto los angustia aún más.

A esta crisis causada por el derrumbe emocional que trajo consigo el temblor, se suman pérdidas y duelos vividos en otros momentos de nuestras vidas, se rememoran tristezas, vínculos rotos o perdidos y esto es lo que nos derrumba y nos lleva a tener que buscar entre los escombros para poder reconstruirnos nuevamente. Pero si nosotros como adultos, nos derrumbamos emocionalmente y sabemos que es difícil hacer frente a esta situación, para los niños y adolescentes resulta más difícil, ya que en muchos casos los adultos se centraron en asegurarse de que su integridad física estuviera bien, pero evitaron hablar con ellos de lo que sucedió o de lo que sintieron, de tal suerte que ni los niños o adolescentes, ni los adultos lograron poner en palabras lo que sintieron durante y después del temblor, de tal forma que enmascararon las verdaderas emociones para no preocupar o entristecer más al otro y así aminorar el dolor que todos pudieran estar sintiendo, pero sabemos que pese a que no se hable sobre los afectos, estos se sienten y se transmiten de muchas otras formas, por lo que se contagian entre padres e hijos, pues quedan latentes y son percibidos de manera inconsciente por los miembros de la familia o bien, por las personas que nos rodean.

Hablar de lo que sentimos después del temblor es como vaciar un cajón lleno de cosas, una vez vacío podemos seleccionar que si nos sirve, que no y reacomodar lo que vamos a guardar, algo similar sucede al expresar lo que estamos sintiendo, es una oportunidad de poder organizar nuevamente nuestros afectos, no solo los actuales, sino también los que se fueron callando y guardando desde tiempo atrás y así reconstruirnos como individuos haciendo conciencia de quienes somos y cómo nos sentimos, ya que es tan válido sentir tristeza, miedo, enojo, angustia, como lo es el sentir, alegría, satisfacción, esperanza, pues no existen sentimientos buenos o malos, simplemente existen sentimientos y todos experimentamos todos alguna vez en la vida.

¿Qué podemos hacer para reconstruirnos?

  • Expresar lo que sentimos
  • Buscar la compañía y el afecto de las personas con quienes nos sentimos seguros
  • Abrazarnos, ya sea con los brazos, con la mirada o con la compañía, existen muchas formas de abrazar
  • Tomar esta experiencia para hacer frente a las dificultades de la vida con mayor conciencia.
  • Fomentemos la confianza en nosotros mismos y en los demás.
  • Pidamos ayuda para solucionar lo que nos rebaza.
  • Ayudemos a los demás.
  • Fomentemos la empatía, esta experiencia nos permitió ponernos en los zapatos de los otros.

Si pese a tus intentos por reconstruirte sigues sintiéndote desorganizado emocionalmente y conforme pasa el tiempo no logras sentirte mejor, por el contrario, sientes temor, tristeza, insomnio, miedo a estar solo, inseguridad, no logras concentrarte o evitas salir a lugares que antes solías frecuentar será conveniente que busques la ayuda de un especialista para iniciar un proceso de psicoterapia que te brinde lo que necesitas para adaptarte a esta nueva realidad. Este temblor nos ha brindado la oportunidad de cuestionarnos que se derrumbó en nosotros y así tener un espacio para observar nuestros escombros, sentirlos dentro de nosotros y descubrir a que le tenemos miedo, qué afectos hemos callado y se removieron para salir , qué oportunidad de cambio nos ofrece y cómo nos puede transformar. Si miramos dentro de nosotros y exploramos nuestro ser, después del temblor podemos reconstruirnos.

Alejandra García Martinez

Alejandra García Martinez

Psicoanalista infantil

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