En el año de 1979, la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) acuñó la definición de dolor como “una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con el daño tisular actual ó potencial, ó descrito en términos de dicho daño” (Witte & Stein, 2010). Con la intención de poder estudiar y analizar el tema de dolor se han creado diferentes formas de clasificarlo, en el ámbito clínico se consideran principalmente el dolor agudo y el dolor crónico. El dolor agudo, suele ser resultado de una lesión específica que produce algún daño en los tejidos, como una herida o un miembro roto. Este tipo de dolor por lo general tiene una duración corta (Taylor, 2007). Aunque actualmente no existe una definición estándar sobre los criterios para diagnosticar el dolor crónico, la IASP lo define como el dolor sin etiología biológica aparente, que ha persistido más allá del tiempo de recuperación normal de los tejidos, el cual usualmente se considera de tres meses (Harstall y Ospina, 2003).

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2004) indica que una de cada cinco personas sufren de dolor crónico entre moderado y severo a nivel global. Esta problemática, además de afectar a un gran número de personas, también tiene importantes consecuencias adversas (Rashiq, Schopflocher, Taenzer y Jonsson, 2008), incluyendo un impacto destructivo en el bienestar físico y psicológico, reducción en la capacidad de mantener un empleo y  deterioro del funcionamiento social del individuo (Closs, Staples, Reid, Bennett y Briggs, 2008; Harris, Morley y Barton, 2003; Hummel, Lu, Cummons y Whiteside, 2008).

Existe una alta prevalencia de tratamientos insatisfactorios en dolor, se calcula que solo el 6% de los pacientes estadounidenses con dolor de espalda baja reportan tener “buen control” del dolor; así mismo, el 51% de estos pacientes con dolor crónico, que se encuentran bajo tratamiento con opioides dicen tener “poco o nulo control” sobre su dolor (American Pain Fundation, 2006).

Desafortunadamente, el dolor a menudo permanece irreconocible, subestimado, inadecuadamente evaluado, sin tratamiento o con tratamientos ineficaces; a pesar de la considerable investigación básica y clínica que se ha realizado para entender el sustrato biológico del dolor y los tratamientos farmacológicos subyacentes (Hadjistavropoulos, 2011). Por estas razones se considera de vital importancia brindar una minuciosa consideración a los factores psicosociales, que se ha demostrado, juegan un importante papel en la determinación de la intensidad del dolor y de los resultados en las intervenciones para el control de dolor (Clay et al., 2010); lo cual, demanda un enfoque de estudio que adopte las dimensiones del modelo biopsicosocial del dolor.

Desde la perspectiva bioconductual, Turk, Meichenbaum, y Genest (1983) propusieron que tanto el dolor crónico como el agudo son consecuencias de la interacción entre predisposiciones biológicas y características específicas fisiológicas, conductuales, cognitivas y sociales.

Desde la psicología, existen varios factores del modelo biopsicosocial que son susceptibles de estudio y que además, cuentan con el potencial de ser modificados.  Por ejemplo, se sabe que la rumiación, la magnificación de indeseabilidad de la experiencia y los sentimientos de desesperanza, son componentes centrales del pensamiento catastrófico (Hadjistavropoulos, 2011), mismo que se ha relacionado con mayores niveles de distrés físico y emocional asociado al dolor (Sullivan, 2009).

En lo concerniente al comportamiento, se ha reportado que las personas que sufren de dolor,  tienden a manifestar mayor conducta de enfermo, asumir roles de enfermo y vivir bajo la etiqueta de invalidez (Hadjistavropoulos, 2011).

En cuanto al impacto emocional, se sabe que los pacientes que sufren dolor crónico, también presentan frecuentemente depresión y ansiedad (Arnold, Crofford, Martin, Young y Sharma, 2007; Asmundson y Katz, 2009; Linton y Bergbom, 2011; Means-Christensen et.al., 2008; Miller y Cano, 2009). Se ha descrito que, de los pacientes que buscan atención médica para aliviar síntomas de dolor, más del 50% cumple también con criterios de depresión (Arnold et al., 2007; Bair, Robinson, Katon y Kroenke, 2003; Linton, 2013); y que la ansiedad comorbida, tiene una incidencia que va desde el 25% (Means-Christensen, 2008) hasta el 71% (Arnold et al., 2007). Investigaciones recientes han demostrado  que el dolor también se asocia con algunas otras emociones, como el enojo, el miedo y la preocupación. De manera particular, el enojo en comorbilidad con dolor crónico, se asocia a un decremento de las conductas saludables, con respuestas de enfrentamiento desadaptativas y con una menor calidad de sueño (Trost, Vansgronsveld, Linton, Quartana y Sullivan, 2012). Cuando el dolor se asocia significativamente a emociones negativas, se predice fracaso en el tratamiento y mayor tendencia a la recaída. Estas situaciones se han  explicado en parte, desde la perspectiva de que tanto el dolor persistente, como las alteraciones emocionales se pueden conceptualizar como un problema de dificultad en la regulación (Linton, 2013).

Otro factor de pertinencia, es el relacionado al área social. Las relaciones sociales de la personas que sufren dolor crónico, a menudo se deterioran (Hadjistavropoulos et al., 2004), en parte debido a que la persona ya no puede participar en las actividades recreativas y/o en las tareas usuales de la casa y del trabajo; también influye el enojo e irritabilidad que presentan en ocasiones las personas con dolor (Kappesser y de C. Williams, 2008; Trost et al., 2012).

Es importante destacar que la naturaleza y cualidad del apoyo social y los recursos humanos y emocionales con los que cuenta la persona con dolor crónico, impactarán directamente en la intensidad del dolor, en el sufrimiento y en la discapacidad relacionada al dolor (Hadjistavropoulos, 2011). Es por ésta razón que el psicólogo debe tomar un papel activo en la investigación y en la atención a los paciente con dolor crónico, buscando la promoción de tratamientos integrales, para brindarle a esta población la mayor calidad de vida posible.

Método de Obtención de las referencias. Búsqueda realizada en bases de datos internacionales como PubMed y PsycInfo.

 

 

 

 

 

 

Quetzal Natalia Galán López

Quetzal Natalia Galán López

Mtra Psicología

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